1. El Verborrágico Común



(Verborragicus vulgaris)


Descripción general:

Animal de aula de fácil identificación: habla sin pausa, sin respirar y, a menudo, sin pensar. El Verborrágico Común no da clase; se da. Se trata de un ejemplar que confunde cantidad con profundidad, velocidad con claridad, y agotamiento del oyente con éxito pedagógico. Su lema tácito parece ser: “Si no te aprendiste nada, al menos salí desorientado”.


Hábitat:

Prefiere aulas cerradas, sin ventilación ni ventanas, donde el sonido rebote y se multiplique. Rechaza interrupciones, preguntas o silencios, a los que percibe como amenazas existenciales.


Comportamiento:

Inicia la clase como un motor a explosión y no se detiene hasta agotar el tiempo o a los presentes. Habla de todo y de nada, construyendo discursos en espiral que prometen llegar a algún punto, pero se disuelven en referencias cruzadas, subordinadas interminables y anécdotas prescindibles.


Subespecies:


Verborragicus eruditus: bombardea con citas y nombres como quien lanza granadas en la niebla.


Verborragicus anecdoticus: rellena la clase con historias personales que solo a él le interesan.


Verborragicus impostor: habla mucho para disimular que no sabe lo que está diciendo.


Tácticas de defensa:

Evitar tomar apuntes. Resistir la tentación de seguirle el hilo: no tiene uno, tiene veinte. Si se lo deja hablar, se consume solo. Si se lo interrumpe, muta en Verborragicus ofendidus, que es peor.

Advertencia filosófica:

Aristóteles decía que el ser se dice de muchas maneras. El Verborrágico lo confirma, pero ninguna de ellas es clara.


Clase magistral de un Verborrágico Común

Transcripción no solicitada de una sesión real

Lugar: Aula 3, Facultad de Humanidades

Hora: 8:00 a.m.

Duración estimada de la clase: Infinita (pero los relojes se detienen por pudor)


El aula está llena, no por interés, sino por una firma obligatoria. Algunos estudiantes graban con sus teléfonos la clase. No para estudiar luego, sino porque tienen la vaga esperanza de que en algún momento alguien necesitará pruebas forenses.

El profesor entra sin mirar a nadie, como si ya estuviera hablando por dentro. Se acomoda el saco, abre una carpeta sin usarla y comienza:

—Buenos días. Hoy hablaremos de la concepción heideggeriana del ser, aunque claro está que cuando decimos "ser", no podemos olvidar su radicalidad ontológica, especialmente si lo comparamos —como ya anticipábamos la clase pasada— con la perspectiva aristotélica, que, como ustedes recordarán, y si no lo recuerdan no importa porque lo retomaré más adelante, aunque sin volver a caer en lo ya dicho, pero ampliando, claro, desde un enfoque no solo histórico sino...

Pasan diez minutos. Un alumno intenta anotar algo pero descubre que ha escrito: “el tiempo es una ilusión”. Suspira. Otro ya se resignó y dibuja en su cuaderno criaturas fantásticas con corbata.


El docente continúa:

—...y por eso es fundamental comprender que toda lectura fenomenológica implica, inevitablemente, una asunción del horizonte como apertura. Y aquí cito —sin citar, porque me lo sé— a Gadamer, que también lo había dicho, aunque con otras palabras, pero esencialmente lo mismo...

Una alumna levanta la mano. Él la esquiva con la mirada como si fuera una partícula cuántica. “Ya voy a llegar a eso”, dice, sin saber a qué se refiere. Nunca llega.

Una hora después, alguien se anima:

—¿Profesor, podría repetir esa última parte?

Él sonríe, como si acabara de ganar un debate imaginario, y dice:

—¿Cuál parte? Si todo es parte de una totalidad.

Fin de la clase. Aplausos lentos, algunos sarcásticos, otros por reflejo. Al salir, un estudiante murmura:

—No entendí nada, pero me siento más ignorante que antes. Capaz eso es el primer paso.


Comentarios

Entradas populares