“La fractura invisible”
Aula al atardecer. Los pupitres vacíos reflejan la luz tenue. En la mesa de los docentes, Diego sostiene un cuaderno de notas. Eduardo repasa lentamente un artículo subrayado. Máximo observa en silencio por la ventana. Una conversación densa y sincera está por comenzar.
DIEGO
Hoy me crucé con Clara, una estudiante de primer año.
Tenía los ojos hundidos, hablaba con esfuerzo.
Me dijo: “No entiendo por qué todo me pesa, incluso venir a clase.”
Y pensé… ¿cuándo dejamos de acompañar el alma de los alumnos?
MÁXIMO
Cuando dejamos de considerar que tienen un alma.
Cuando convertimos el aula en una línea de montaje.
Cuando el saber se volvió planilla, y el cuerpo doliente… una molestia administrativa.
EDUARDO
La educación se ha tecnificado tanto,
que ya no reconoce el sufrimiento como síntoma de sentido.
Y lo interpreta todo como déficit: de atención, de motivación, de resiliencia.
Pero lo que falta… no es adaptación.
Falta presencia.
DIEGO
Y eso nos incluye.
Yo mismo… a veces me siento como una máquina de tareas:
planificar, subir notas, corregir.
Cada vez más funciones… y menos encuentro.
MÁXIMO
El docente se ha vuelto una figura desbordada.
No sólo debe enseñar.
Debe contener, justificar, sostenerse y, además, no enfermarse.
Porque si falta, no cobra.
La educación del alma ha sido reemplazada por el presentismo del cuerpo exhausto.
EDUARDO
Y esa fractura se nota.
Estudiantes ansiosos, desconectados,
no por falta de estímulos…
sino por ausencia de comunidad.
Charles Taylor lo dijo: el yo moderno está huérfano de referentes.
DIEGO
Y busca sin saber qué busca.
A veces lo noto en sus preguntas: tímidas, torpes, pero verdaderas.
Preguntas que no caben en la rúbrica.
MÁXIMO
Porque no enseñamos a preguntar.
Enseñamos a responder.
Y cuando alguien se atreve a preguntar desde la herida…
nos inquieta.
EDUARDO
Por eso, necesitamos otra pedagogía.
Una donde el cuidado sea tan importante como el contenido.
Como dice Noddings, cuidar no es controlar:
es sostener la fragilidad del otro sin colonizarla.
DIEGO
Y para eso… hay que saber escuchar.
Pero escuchar como dice Gadamer:
no para encajar al otro en mis esquemas,
sino para dejarme afectar.
A veces… eso es más difícil que enseñar.
MÁXIMO
Y más valioso.
Porque entonces no enseñás desde el manual,
sino desde la presencia.
Gabriel Marcel decía que estar con el otro es ya un acto de hospitalidad.
Y el aula… debería ser un lugar hospedante.
DIEGO
¿Y si todo esto es una utopía?
¿Si ya es tarde?
EDUARDO
Entonces precisamente por eso debemos intentarlo.
Porque el dolor en las aulas no es patología individual:
es síntoma colectivo.
Y sólo si lo escuchamos… puede volverse palabra.
Y si se vuelve palabra… puede ser principio de sanación.
MÁXIMO
Así como hay pedagogía de contenidos,
debería haber también una pedagogía del alma.
Donde el sufrimiento no sea signo de fracaso,
sino puerta de sentido.
No curamos con respuestas.
A veces, curamos con compañía.


Comentarios
Publicar un comentario